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Ingreso: febrero-2008
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............................................ Prólogo Cuando Ramón López Velarde, el ilustre poeta zacatecano, pudo contemplar desde las alturas la inmensidad del Valle de Anáhuac y desde esa privilegiada perspectiva que permite explicar el pasado, interpretar el presente y descifrar el futuro, se apresuró a sentenciar que "Dios nos había escriturado un establo y los veneros del petróleo el diablo", sin duda había aquilatado la importancia económica del oro negro y por otro lado había entendido las fortalezas y debilidades del mexicano, su visión, astucia y su falta de capacidad para administrar, explorar, explotar y preservar una portentosa riqueza que las potencias del orbe, en busca febril de fuentes de energía baratas y accesibles, se arrebatarían entre sí dentro o fuera de la ley, respetando o no fronteras, pautas, convenios y principios de derecho internacional, con tal de hacerse de millones y más millones de dólares o de libras esterlinas y con ello de poderosos y lucrativos detonadores de su desarrollo personal y nacional. Bien supo López Velarde acaso entrever que semejante patrimonio energético nacional, cuya explotación se traduciría en la existencia de un poder omnímodo desconocido hasta la fecha, se lo disputarían en forma pacífica o violenta, cubierta o encubierta, un selecto grupo de empresarios extranjeros, no menos audaces que voraces, decididos a llegar a cualquier extremo con tal de hacerse de inmensos capitales en el menor plazo posible. Al escenario petrolero naciente accederían extorsionadores y guardias blancas, espías jóvenes y viejos de ambos sexos y diferentes nacionalidades, saboteadores profesionales, soldados camuflados, hombres de negocios disfrazados de diplomáticos vestidos de jacqué, sombrero de copa y monóculo nombrados por sus respectivos gobiernos y apoyados por sus consejos de administración, mismos que les abastecerían de enormes recursos igualmente "negros" para defender sus intereses vitales foráneos. Aparecerían compradores de terrenos ricos y pobres —estos últimos sólo en apariencia—, abogados mexicanos y extranjeros decididos a cometer cualquier ilícito o atropello con tal de satisfacer los deseos de su clientela; notarios mexicanos, esbirros legales de los petroleros, ávidos de dinero fácil a cambio de la escrituración de territorios saturados de "chapopoteras", en donde el crudo emergía hasta la superficie sin necesidad de perforar predios heredados de generación en generación, sin que sus poseedores, auténticos analfabetos, quienes "firmaban" pintando lentamente una breve cruz sobre el papel, pudieran acreditar su identidad personal ni exhibir la documentación legal para demostrar la legítima propiedad de sus bienes. En los diversos capítulos que hablan del proceso de expansión de la industria petrolera en los inicios del siglo xx no podían faltar presidentes de Estados Unidos, los temidos e impredecibles jefes de la Casa Blanca ni los primeros ministros ingleses, secretarios de Estado, de Asuntos Extranjeros y del Tesoro, el kaiser alemán, los papas respectivos, senadores y diputados y otros funcionarios de la más alta jerarquía dependientes de otros gobiernos, presidentes de asambleas de accionistas de corporaciones multímillonarias despachos de "relaciones públicas" especializados en el diseño de planes para desestabilizar países y asestar golpes de Estado o asesinar presidentes y vicepresidentes por medio de sus organizaciones clandestinas de inteligencia o por simples matones a sueldo. Menudo elenco inserto en el contexto de un país como el México de principios del siglo xx, ¿o no...? Imposible ignorar en este entorno la presencia de diputados federales incorporados a la nómina secreta de las compañías petroleras o de purpurados representantes de las iglesias católicas o de siniestros pastores protestantes y evangelistas que igualmente se sumarían, como todos, desde sus respectivas trincheras, a la defensa de los mantos petrolíferos, de pozos, instalaciones e inversiones propiedad de extranjeros... ¿Cómo olvidar a periodistas y dueños de medios de difusión igualmente interesados en defender sus intereses en México para inclinar a cualquier precio el fiel de la balanza en su favor, dentro o fuera de un código moral y ético? Los jefes de Estado mexicanos, desde Porfirio Díaz hasta Cárdenas, una cadena de primeros mandatarios de un país pobre, incomunicado, carente de estructuras democráticas, analfabeto, desunido, desconfiado, incapaz de contar con un ejército poderoso para defender los intereses patrios, una nación escéptica casi siempre en quiebra pública y privada, tendrían que volver a enfrentar amenazas de guerra e invasiones, sabotajes y chantajes, intentonas y hechos consumados de derrocamiento y ejecución de líderes políticos mexicanos opuestos a la entrega sin límites ni condiciones de gigantescos yacimientos petroleros que bien habrían podido significar el resurgimiento del país. Ni antaño ni ahora los mexicanos podríamos haber hecho frente al poder militar norteamericano ni al europeo y, sin embargo, tendríamos que recurrir gobierno y gobernados a la defensa de lo nuestro echando mano de todas las argucias, argumentos, estrategias, ardides y planes para no perder un colosal patrimonio nacional por el cual lucharíamos con todas las armas a nuestro alcance para que no se nos arrebatara de nueva cuenta un bien tan preciado, como se nos habían arrebatado en el siglo xix los riquísimos territorios formados por California, Tejas (sí, así con "jota"), Arizona y Nuevo México. Habríamos de resistir presiones políticas que irían desde la concentración de tropas en las fronteras hasta las más arteras intervenciones armadas, que comenzarían con la presencia de cañoneras extranjeras dentro de aguas mexicanas hasta el mismísimo desembarco de tropas en territorio nacional. Contemplaríamos zancadillas, traiciones incendiarias, suplantaciones, falsificaciones, exhibiciones de pruebas falsas y manifestaciones de testimonios apócrifos en voz y en obra de testigos inexistentes. ¿Cómo defendemos de semejantes agresiones, sobre todo si se parte de la ignorancia y de la buena fe de la mayoría de los nuestros? Asistiríamos a engaños y trampas de la peor ralea: la conducta propia que el fuerte ejecuta impunemente en las personas de los débiles sin experimentar el menor temor respecto de consecuencias o represalias de cualquier tipo. Sabríamos tarde o temprano de los pactos inconfesables que se sellan con golpes finos y sugerentes intercambiados a través de copas de cristal de Baccarat rebosantes de champán y de burbujas juguetonas, así como de otros tratos que se sellan en diferentes escenarios al chocar los jarros de barro llenos de tequila o mezcal. Los acuerdos se suscribirían igual en el interior de espaciosos salones decorados con maderas preciosas e iluminados con majetuosos candiles de formas caprichosas repletos de diamantes encendidos, pesadas cortinas cosidas con brocados de oro y plata para flanquear ventanales orientados ajardines propios de cuentos de hadas, tapetes multicolores tejidos a mano con hilos de seda de dos siglos o más de antigüedad, pisos de mármol de diversas tonalidades diseñados con figuras geométricas, además de obras de arte plástico dignas de estar colgadas en las salas más importantes de los grandes museos internacionales, que en jacales inmundos y pestilentes con piso de tierra suelta y paredes tiznadas en cuyo interior el aire es irrespirable y en donde acaso, por toda decoración ciertamente supersticiosa, aparece en una esquina, al lado del fogón colocado sobre tres piedras, una estampa escondida tras una veladora parpadeante representando a una virgen sorda que hace muchos años dejó de escuchar plegarias. Los mexicanos, hartos ya de tantas estafas que se iniciaron cuando los españoles nos cambiaron el oro labrado con forma de deidades precolombinas por espejitos y cuentas de vidrio, continuaron años más tarde cuando otros extranjeros, no menos voraces que los europeos, esta vez nuestros vecinos del norte, con los que habíamos sostenido una relación histórica ciertamente traumática, nos empe"zaron a "comprar" a precios irrisorios, ya en pleno siglo xx, nuestros valiosísimos terrenos que flotaban sobre petróleo, mismos que ellos, supuestamente, querían destinar a la agricultura y a la ganadería. Si nuestras vacas llegan a beber en sus "chapopoteras", alegaban los magnates petroleros camuflados de agricultores, bien podrían resultar todas envenenadas de la noche a la mañana... A más chapopoteras, argumentaban, más peligro de envenenamiento para los animales y por ende menos valor comercial de los predios... ¿o no? La estafa continuó sin piedad ni pausa ni escrúpulos ni contenciones ni controles oficiales. Mientras los mexicanos utilizábamos el petróleo para curar a las vacas de los forúnculos, en Estados Unidos nacía la industria aeronáutica y la automotriz, ambas de posibilidades económicas inimaginables e intensamente consumidoras de combustibles petrolíferos. Esta vez nuestro desconocimiento de la realidad y nuestra ignorancia fueron capitalizados hábilmente por capitanes de empresas británicos y norteamericanos apoyados por sus gobiernos, sus odiosos y no menos temidos marines y sus cañoneras permanente y amenazadoramente ancladas en Veracruz y en Tampico. Hoy, en nuestros días, el engaño ya no se lleva a cabo por medio del trueque de vidrios y espejitos como en el siglo xvi: en la actualidad, se dice, un lodo localizado en cavernas de Durango, inútil para cualquier fin conocido en México, es llevado a través de la frontera a bordo de furgones norteamericanos sin pagar impuestos, para ser aprovechado en la construcción de sofisticados bombarderos imposibles de detectar con los radares convencionales. La estafa continúa. Nuestra ignorancia también... No es factible escribir la historia de México desde 1910 hasta 1940 sin recurrir insistentemente al uso de dos términos ciertamente amenazadores: petróleo y petroleros. Veamos. Durante la entrevista Creelman-Díaz, don Porfirio, el tirano incomprendido que de hecho dejó encendida la mecha de la revolución, ya expresa en esa reunión sus velados temores con relación a vuestro "Rey del Petróleo..." (Rockefeller). No se debe olvidar que "Porfirito", el hijo del Presidente de la República, era nada menos que director de una compañía petrolera británica, El Águila, la cual obtuvo importantes concesiones del gobierno encabezado por su padre. Las reiteradas ventajas petroleras obtenidas por los ingleses a través de don Porfirio y la evidente proclividad-de éste hacia todo lo europeo, específicamente lo francés, agredieron a los petroleros norteamericanos hasta que éstos y los empresarios de ese país en lo general empezaron a perder la confianza en él. Porfirio Díaz, por su avanzada edad y tendencia europeizante, dejó de ser gradualmente el hombre idóneo para defender y acrecentar los intereses económicos yanquis en México... Madero y Pino Suárez también fueron víctimas indirectas de los intereses económicos norteamericanos, entre ellos, desde luego, los de los petroleros. Durante la revolución, Victoriano Huerta, el chacal, un sujeto medio hombre y medio bestia, vuelve a otorgar concesiones clave a los petroleros ingleses en el contexto de una abierta lucha diplomática librada entre Estados Unidos y la Gran Bretaña. El principal protagonista económico en esta contienda —no podía ser de otra manera— volvió a ser inevitablemente el petróleo. El primer papel político estuvo a cargo del presidente Wilson, quien se erigió como defensor de la democracia mexicana hasta hacer caer indirectamente al propio Victoriano Huerta. El estallido de la Primera Guerra Mundial provoca la creación de un Buffer State en Veracruz y Tamaulipas, protegido por guardias blancas pagadas por empresas petroleras extranjeras, por medio del cual se trataba de impedir no sólo el ingreso de cualquier facción de las tropas revolucionarias, sino también el acceso de los agentes alemanes deseosos de incendiar los pozos con tal de sabotear el abastecimiento de petróleo mexicano del que dependían los ingleses. En medio de esta primera conflagración mundial, Carranza promulga la Constitución de 1917, que establece en su artículo 27 la siguiente disposición que estallará en pleno rostro de capitalistas extranjeros y de los representantes del clero: "El suelo y el subsuelo son propiedad de la nación." Habría que imaginarse en ese entorno económico y político los rostros demudados de los inversionistas propietarios de ferrocarriles que en el futuro serían únicamente dueños de los durmientes y estaciones y de otras instalaciones de superficie o de los accionistas de compañías mineras que de golpe veían amenazado todo su patrimonio subterráneo, como igualmente lo sintieron los titulares del oro negro que vieron expropiados sin más, en un principio, sus yacimientos tan codiciados por propios y extraños. ¿Y el clero y todo su patrimonio inmobiliario... ? ¿Qué cara pondrían los purpurados terratenientes? No existe mejor material para una novela que la misma realidad: el tema candente estaba ahí para ser aprovechado y explotado como una "chapopotera..." El asesinato de Carranza en Tlaxcalantongo tiene, también, tintes petroleros. Obregón sólo es reconocido por Estados Unidos como presidente de la República una vez concluidos los acuerdos de Bucareli después de salvar innumerables obstáculos, tensiones y zancadillas aviesas colocadas en contra del político sonorense por los petroleros extranjeros. Aún hay más, mucho más. México estuvo en dos ocasiones a punto de ser nuevamente invadido militarmente por Estados Unidos durante el gobierno de Calles, debido a la promulgación de leyes, leyes también, por supuesto, petroleras. López Velarde seguía teniendo por lo visto razón: todo parecía indicar que los veneros del petróleo nos los había escriturado el diablo... La preservación del inmenso patrimonio petrolero invariablemente constituyó un severo desafío diplomático, político, financiero, militar e industrial para México. El embajador Morrow, embajador petrolero, podía ejercer —los hechos así parecen indicarlo— poderes hipnóticos en la persona de Calles, el presidente de la República, al extremo de que a escasos meses de su llegada a México las leyes petroleras propuestas por su gobierno son modificadas, reformadas o derogadas, desvaneciéndose con ello las posibilidades de otra intervención militar norteamericana. Durante el Maximato opera una tensa calma en las relaciones de México con los petroleros extranjeros, calma que estalla por los aires hasta convertirse en astillas cuando el presidente Cárdenas firma el decreto expropiatorio de toda la industria en marzo de 1938, ya que aquéllos se negaban a aceptar un laudo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que los obligaba a pagar ciertos aumentos salariales inaceptables de cara a los intereses y capacidades económicas de sus compañías. La expropiación se ejecutó sin que mediara la amenaza de otra intervención militar norteamericana, en razón de que el expansionismo militar nacional-socialista bien podría en cualquier momento detonar el estallido de una segunda conflagración de dimensiones planetarias, por lo que Estados Unidos, en el diseño de una estrategia defensiva, necesitaba contar con un aliado confiable al sur de su frontera que le abasteciera de otras materias primas igualmente vitales para la contienda armada y que, al mismo tiempo, le extendiera un sinnúmero de facilidades logísticas de cara a la ya inminente guerra, por lo pronto, sólo europea. Por otro lado, las reservas de hidrocarburos de la Unión Americana ya reflejaban una autosuficiencia muy clara que le permitían prescindir del petróleo mexicano. Rooseveit no deseaba ningún enfrentamiento con México en esos momentos. Un frente abierto al sur con sus impredecibles vecinos mexicanos era totalmente desaconsejable. Imposible provocar la menor inestabilidad allende el río Bravo. La nación mexicana se reconcilió con su existencia a través de la expropiación petrolera. Las vejaciones, las estafas, los engaños, los abusos de la ignorancia y de nuestra impotencia militar para defender nuestro patrimonio explotado por gigantes industriales inescrupulosos apoyados eficientemente por marines invencibles, fueron vengados de una buena vez por todas y para siempre. Las afrentas de los europeos que nos cambiaban cuentas de vidrio por oro o los insaciables norteamericanos que nos arrebataron impunemente la mitad de nuestro territorio en otro ataque artero, ventajoso, premeditado y alevoso, además de otras invasiones extranjeras no menos mutiladoras fueron sancionadas y vengadas por un indio michoacano que supo encumbrarse hasta la primera magistratura de la nación para hacer justicia histórica en las personas de los indígenas y sus descendientes del México moderno. El ánimo nacional, históricamente decaído y escéptico, experimentó una agradable sensación de calor interno a lo largo de casi todas las capas del organismo social. La expropiación petrolera fue un acto nacionalista de profunda reconciliación con el indígena oprimido y humillado que la inmensa mayoría de los mexicanos lleva dentro de sí, además de haber implicado la ejecución de una tardía pero eficaz venganza colectiva después de un pasado saturado de castraciones y amputaciones materiales y espirituales. Sólo Juárez —cuando hizo fusilar a Maximiliano en el Cerro de las Campanas para que nunca nadie olvidara las consecuencias de invadir México— y Cárdenas habían sabido vengar tantas humillaciones sufridas, cada una más dolorosa que la otra. De ahí que este nacionalismo fanático que hubiera hecho tanta justicia al indigenismo ejecutando una revancha sin precedentes produjera a la larga un estancamiento del desarrollo mexicano basado en un fundamentalismo energético: "En el petróleo nacionalizado ni un paso atrás." La decisión de Cárdenas no se modificaría ni se alteraría jamás, parecía ser un juramento de sangre hecho de rodillas ante el espejo negro de Tezcatlipoca: sería absoluta y totalmente irreversible aconteciera lo que aconteciera, tuviera o no consecuencias de cualquier orden o dimensión, afectara o no los procesos de generación de riqueza, dejara pasar o no caras posibilidades de captación multimillonaria de divisas imprescindibles para el crecimiento acelerado de la economía en un entorno de explosión demográfica. No a ningún cambio costara o no empleos, impuestos, ganancias, dividendos y prosperidad en general. Nadie, a ningún precio les arrebataría a los mexicanos un timbre de orgullo como la expropiación petrolera: ¡nadie! ¿Está claro? ¡Nadie! ¿A pesar de que el petróleo permaneciera prácticamente intocado en el subsuelo, como de hecho aconteció en los casi 40 años siguientes a la expropiación petrolera y nuestra industria petroquímica creciera tan lentamente sin reportar los beneficios que eran de esperarse al tener el monopolio del crudo? Sí, a cualquier costo. Sólo que tener el petróleo intocado en el subsuelo es como no tenerlo. Dije que nadie podrá invertir en ningún rubro petrolero aun cuando se desperdicie toda esa riqueza y no beneficie a ningún compatriota en ningún orden y muy a pesar de que sigamos siendo un país de reprobados. ¿Que nadie se quiere asociar con el gobierno? Entonces que todo se quede inmóvil y todo se petrifique: ni un paso atrás en nada... Las consecuencias no se harían esperar... Después de la justificada borrachera nacionalista, la nación no podía suponer ni imaginar —nunca hubiera podido hacerlo ni siquiera en estos momentos a punto de empezar el siglo xxi— en una posterior asociación con industriales petroleros extranjeros de primera magnitud. México se encerró, se amuralló, energéticamente hablando, en lugar de aprovechar caudales de recursos extranjeros que bien podrían haberse orientado a la expansión de Pemex, a la exploración, extracción, explotación y refinación, y al financiamiento de la industria petroquímica, a la investigación y al desarrollo tecnológico y por ende al enriquecimiento del país en general. México necesitaba cuantiosas inversiones del exterior para acelerar la expansión de la industria recién nacionalizada. El escaso crecimiento de las reservas probadas de hidrocarburos —incluyen crudos, destilados y gas— en los 40 años siguientes a la expropiación, explica la falta de visión industrial, de imaginación financiera, de flexibilidad y talento para ejecutar coinversiones externas, el inmovilismo para trabar alianzas estratégicas y refleja, finalmente, la incapacidad administrativa o miopía, o tal vez cobardía política, de los respectivos gobiernos para explotar semejante riqueza pública. Las estadísticas siguientes muestran cómo las reservas probadas desde la expropiación prácticamente no aumentaron en la proporción que aumentó la demanda, y en 1970 se tuvo que importar petróleo crudo y petrolíferos como una prueba del fracaso de la industria nacionalizada. En 1976 se contaba solamente con 6,300 millones de barriles, insuficientes, según el Colegio de Ingenieros Petroleros, para los próximos cinco años. Había peligro de volver a importar crudo sumamente caro, a casi 40 dólares por barril. Año Millones de barriles Gobierno operador 1938 1,240 Lázaro Cárdenas 1946 1,437 Miguel Alemán 1952 1,630 RuizCortines 1958 4,013 López Mateos 1964 5,227 Díaz Ordaz 1970 5,568 Echeverría 1976 6,300 López Portillo 1982 72,000 Miguel de la Madrid 1988 48,610 Salinas de Gortari 1994 50,925 Ernesto Zedillo 1999 47,822 Presidente X Hagamos algunas reflexiones sobre el panorama histórico acerca de las reservas de la expropiación de 1938. En 1958, con el presidente López Mateos, el ingeniero Pascual Gutiérrez Roldan logró contratar con empresas privadas mexicanas y mixtas la perforación de pozos petroleros en tierra, con lo que en ese sexenio aumentaron las reservas a 1,214 millones de barriles, crecimiento que mostraba una tendencia positiva. Por razones nacionalistas se cancelaron los contratos privados y el siguiente presidente, Díaz Ordaz, aumentó sólo 342 millones de barriles y su sucesor, el presidente Luis Echeverría, 732 millones en 12 años con la misma infraestructura y personal. El valor de una empresa petrolera está en relación directa con sus reservas y López Portillo recibió 6,300 millones de barriles de petróleo crudo, si los valoramos conservadoramente in situ a cuatro dólares por barril, a una riqueza de 28,000 millones de dólares. Al terminar su gestión entregó a su sucesor, Miguel de la Madrid, 72,000 millones de barriles con un valor de 288,000 millones de dólares. Un aumento en la riqueza nacional de 260,000 millones de dólares, de la cual, en buena parte, hemos vivido los últimos 20 años. En la época de López Portillo se obtuvo el mayor crecimiento hasta ahora conocido. La abundancia posteriormente mal administrada, se dio en buena parte del país. México finalmente pudo apalancar su futuro fundado en la riqueza petrolera. López Portillo tomó finalmente una decisión correcta al encargarle la dirección de Pemex ya no a un abogado, ni a un economista, ni a un burócrata extraído de una más de las hornadas de políticos corruptos decididos a lucrar con el patrimonio nacional, ni a un médico veterinario zootecnista, sino a un verdadero petrolero —ya era hora—, como sin duda lo es Jorge Díaz Serrano, el primer mexicano que supo cómo explotar convenientemente y sin falsos y anacrónicos complejos nacionalistas indigenistas todo ese riquísimo patrimonio en beneficio de la nación. Él decidió volver a perforar en el mar, en el mar, sí, explorar y producir en el Golfo de Campeche. Otros inversionistas y Pemex habían fracasado al intentarlo, desperdiciando, en su esfuerzo, enormes cantidades de dinero. La riqueza y la abundancia no se hicieron esperar. México pagó anticipadamente sus deudas al Fondo Monetario Internacional. Las potencias financieras le prestaban a México sin mayores trámites. La expansión de la economía nacional fue notable a cortísimo plazo. Apalancábamos nuestro desarrollo de nueva cuenta en el petróleo. ¿Nos lo había escriturado el diablo...? Desgraciadamente Díaz Serrano sólo duró cuatro años y medio en su encargo. Basta imaginar lo que hubiera sido de la economía mexicana si este ingeniero hubiera logrado llevar las reservas al orden de 100,000 millones de barriles y se hubiera respetado el decremento en precios de tres dólares por barril, que él ejecutó para adecuarse a las leyes del mercado. López Portillo, para comenzar, no hubiera tenido que llorar la devaluación de 1982 ni hubiera tenido que defender el peso "como un perro" ni el país hubiera tenido que padecer los horrores de otra crisis monetaria. Varios "Díaz Serranos" en la dirección general de Pemex le hubieran dado un giro espectacular a la economía mexicana en los 20 años posteriores a 1980. Aunque de sobra ya sabemos que el "hubiera..." ¿De qué le sirvieron a México los primeros 40 años siguientes a la expropiación petrolera, si sexenio tras sexenio no hubo exportación de crudo que valiera la pena, además, se tuvo que importar gasolina y otros derivados petroquímicos que no hablaban sino de la incapacidad oficial de la falta de imaginación y del tortuguismo para desarrollar una empresa vital para los intereses nacionales? No asociación con terceros, mexicanos o extranjeros, ni crecimiento interno, ni el desarrollo accesible, posible y anhelado. Amurallamiento y atraso, sí. Suscripción de alianzas estratégicas de beneficios recíprocos, no. El petróleo es intocable aunque se deprima la economía nacional.. ¿Sí...? ¡Sí...! ¿Está claro, clarísimo...? ¿Cómo se puede ser un país pobre y quebrado cuando flota materialmente en petróleo? Con los 280,000 millones de dólares que valían las reservas de hidrocarburos mexicanos en 1980, más los nuevos descubrimientos que se hubieran logrado en los siguientes años, hubiera sido posible empezar una nueva nación y construir un nuevo país. Por supuesto que hubiéramos podido fundar al menos 200 universidades autónomas de México además de 200 TEC de Monterrey o 200 ITAM o iberos o universidades de Guadalajara repartidas a lo largo y ancho del país. Por supuesto que hubiéramos tenido recursos de sobra para crear empleos rurales inyectando recursos en el campo y deteniendo los flujos migratorios a las ciudades. Por supuesto que la banca no se hubiera jamás nacionalizado con todas sus consecuencias, habiéndose abaratado el crédito, acelerando con ello el desarrollo económico. Por supuesto que nuestro peso se habría fortalecido con reservas monetarias sin precedentes. Por supuesto que habríamos constituido diversas empresas petroquímicas básicas con capital mixto y tecnología extranjera de gran utilidad para los industriales del país y de inmensas posibilidades de captación de divisas vía exportación de derivados petrolíferos. ¿Qué sucedió? Sucedió que volvimos a perder la oportunidad. Un jugador de dominó sabe lo que es sufrir el cierre del juego teniendo cinco espléndidos seises para ganar toda la partida entre aplausos y carcajadas... ¡Qué poco nos apalancamos los mexicanos en la riqueza guardada en nuestro subsuelo, ya evidentemente nuestro, y qué mal hemos sabido aprovechar este tesoro negro, al extremo de que hoy en México, en el año 2000, existen casi 50 millones de compatriotas —la mitad de la población— en la más absoluta miseria! En eso, en 50 millones de mexicanos en la miseria, ¿en eso se tradujo la cerril expresión retardataria: en el petróleo nacionalizado ni un paso atrás? ¿En eso...? ¡Vamos hombre...! ¿De qué les ha servido la expropiación petrolera a los chamulas, a los tzotziles o a los lacandones? ¿De qué a los millones de campesinos que viven en la miseria rural o a los braceros que tuvieron que huir, jugándose la vida, a Estados Unidos en busca del más elemental bienestar que exige su sola calidad humana? El atraso en materia de explotación de nuestro crudo y el desperdicio de valiosas oportunidades económicas e industriales se demuestran con dos realidades: una, la falta de capacidad, el contubernio paraestatal con un sindicato venal, una voraz sanguijuela colocada en la tráquea de Pemex que succionaba una buena parte de su sangre vital, además de la tibieza, la apatía burocrática, la corrupción pública, la petrificación, la ausencia de imaginación empresarial, la inmovilidad política fincada en la defensa fanática de un nuevo tabú, esta vez energético, un tabú intocable popularmente como todos los tabúes —cualquier intento de modificarlo, aun con la debida sutileza política, bien podría conducir a la pira a los nuevos "vendepatrias"— y la indolencia y la obnubilación de los gobiernos respectivos como operadores de la empresa más importante del país; y la otra, el fanatismo indígeno-nacionalista que ha insistido exitosamente en cerrar las puertas al desarrollo petrolero apartándolo de cualquier contaminación foránea, aun cuando la inversión extranjera bien hubiera podido acelerar nuestro crecimiento y evolución económica. El grito necrológico de extracción nacionalista hubiera significado algo así cerno que es y seguirá siendo preferible morir de hambre antes de asociamos con extranjeros venales, hambreadores del pueblo, saqueadores de los bienes públicos, gusanos ávidos de devorar lo mejor de México, muy a pesar de la evolución de las relaciones diplomáticas y del derecho internacional en la segunda mitad del siglo xx. El lamento indígeno-nacionalista, la lenta letanía entonada a modo de marcha fúnebre para recordar la recuperación de la dignidad perdida antes de la expropiación petrolera exaltaba rabiosamente el canto cuya letra bien podría decir: antes muertos que permitir el acceso a capitales foráneos en la industria petrolera, nuestra industria. Fuera, fuera con ellos, aun cuando su presencia pudiera significar la creación de riqueza y la generación de importantes volúmenes de ahorro público para construir más escuelas, más carreteras, vías generales de comunicación, hospitales, universidades, más puestos de trabajo y sobre todo más posibilidades de bienestar para todos los mexicanos. Fuera las manos de los extranjeros de la industria petrolera nacionalizada, fuera de la industria eléctrica, fuera de los casinos, aun cuando dejemos de percibir miles de millones de dólares que bien pueden significar el rescate de millones de los nuestros, quienes en su desesperación ya voltean a diestra y siniestra otra vez en busca de armas, de piedras, de sogas, de ramas de árboles para colgar a los rotitos con una inquietud similar a la que se dio en los meses aciagos y amenazadores anteriores a noviembre de 1910. Antes la muerte que devolver a los extranjeros las armas con las que se nos causaron tantas humillaciones... ¿Muera la inteligencia, viva la muerte...? En consecuencia, México siguió importando tecnología petrolera sin procurar una propia, salvo ciertos casos aislados sin la menor trascendencia. ¿Cuánto dinero y tiempo se requerían para desarrollar una tecnología propia? La dependencia comercial y financiera de Estados Unidos tan temida porque atentaba contra nuestra soberanía continuó y se afirmó en casi todos los órdenes de la vida nacional. Hoy somos más dependientes que nunca de nuestros vecinos del norte, muy a pesar de que la expropiación petrolera con todo y sus promesas de reconstrucción y bienestar nacional, se dio hace ya más de 60 años. Nos negamos a admitir una definición moderna de soberanía en momentos en que la globalización derrumba todas las fronteras, igual las materiales que lasjurídicas,*las comerciales, las aduaneras y hasta las políticas... Y, sin embargo, en materia de soberanía ni un paso atrás... Si bien es cierto que en 1938 los niveles de explosividad política propiciados por la altanera obsecación de los petroleros extranjeros con la que desafiaron a las instituciones nacionales y al poder público mexicano sólo podía conducir a la expropiación petrolera, no es menos cierto que para el máximo aprovechamiento de la industria, ya incuestionablemente estatizada, era conveniente haber invitado a participar a los inversionistas foráneos sobre la base de la imposición de nuevas reglas domésticas, a las cuales quedarían obligados aquellos un tiempo después de concluida la Segunda Guerra Mundial, es decir: se debería haber invitado a los empresarios y a los capitalistas extranjeros a participar en el desarrollo de nuestro patrimonio petrolero en el marco de un escenario político nacional e internacional completamente nuevo, a la luz de promisorias relaciones entre países reguladas diplomáticamente por la naciente Organización de las Naciones Unidas. Los mexicanos nos volvimos a quedar anclados en el pasado. Cerramos todas las puertas y las compuertas para instalarnos una vez más en el país de lo irreversible, aun cuando la reversibilidad de las decisiones, la destrucción de las tesis inmovilistas, anacrónicas e inoperantes y el enfrentamiento talentoso con tabúes regresivos pudiera rescatamos del atraso rompiendo los siete círculos del infierno que durante tantos siglos hemos querido superar infructuosamente. ¿Cómo rechazar las palancas financieras y tecnológicas foráneas?, ¿cómo cerrarnos a la evolución y al progreso, a la apertura de nuestras empresas a los poderosos mercados accionarios foráneos como se trató de hacer recientemente con la industria petroquímica nacional o con la industria eléctrica, cuando ésta se encuentra paralizada y aquélla descapitalizada y casi abandonada, si los mexicanos no contamos con los recursos propios para aprovechar sus potenciales convenientemente? Las divisas que el país requiere —como el enfermo del oxígeno— están ahí, a nuestro alcance, sólo que los mitos o tabúes indígenonacionalistas como los resabios y la desconfianza por la estafa de cuentas de vidrio por oro están presentes, como lo está el rencor en contra de Estados Unidos por todas las insufribles e injustificadas vejaciones qué padecimos en sus manos. Todo ello nos impide hablar, negociar por recelo, miedo y rencor a que se repitan los acontecimientos del pasado. Nos negamos a asociarnos con nuestros "enemigos", cuando ellos, un país de inmigrantes, sólo buscan afanosamente las relaciones de negocios ya sin cañoneras ni marines, siendo que los actuales capitanes de empresa —mismos que deben someterse rigurosamente a nuestras leyes— ni supieron de la guerra de 1847 ni saben que Tejas era mexicana, ni oyeron nada de los Niños Héroes, ni de la invasión a Tampico, ni de la expedición Pershing, ni de los bombardeos a Veracruz. Ellos, los expropiados, estarían dispuestos a venir a México de nueva cuenta con sus capitales sin temores a que se les vuelvan a estatizar sus intereses empresariales. Ellos, los afectados con la expropiación, están dispuestos a escribir una nueva hoja de la historia corporativa y política de ambos países. Coinvirtamos, dicen y suplican. Nosotros, los que nos quedamos justificadamente con sus instalaciones, nos negamos a aceptar su participación presente y futura salvo que formaran parte de cierto capital minoritario de empresas petroquímicas. Los mexicanos no sumamos esfuerzos para obtener beneficios recíprocos. Nos lamemos nuestras heridas y maldecimos el daño que nos causaron en el último siglo y medio. No olvidamos: el rencor y el miedo nos inmovilizan, mientras dejamos pasar lucrativas oportunidades que nos devolverían el bienestar y la esperanza. Vivimos en otro contexto histórico en el que no superar los antiguos resabios y luchar con los mismos fantasmas inexistentes nos está costando la descomposición social de la nación y nos proyecta a una peligrosa involución que nadie quiere recordar. O escapamos a la petrificación y destruimos los tabúes, o pereceremos víctimas de ellos.
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![]() Falsi Amici, Veri Nemici Última edición por Michael; 13-abr-2008 a las 15:56. |
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Eso sí que es es un tochopost (término de Frozen-Layer XD).
Me recuerda a una frase de Veinte Años Después: "sin subir, sin bajar, sin morir". Pero no somos blancas palomitas. Por horroroso que sea el despojo, mucho de culpa tenemos nosotros por dejados e inconcientes. Mucha crítica pero nada de pensamiento crítico todavía. ¿Y es que sólo el desarrollo es bueno? ¿No "vale" vivir al modo de uno, aunque sea en jacalitos? Ahí están Europa, Gringolandia y el Oriente desarrollado para ver adónde lleva el desarrollo. ¡Falta materia gris!
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Ingreso: febrero-2008
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Ejem, creo que el autor del texto lo menciona... ya en la recta final de su prólogo ![]() Cita:
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